Cumplido su sueño, o mejor dicho, justo en medio de su sueño, Costanza de
Rogatis nos ofrece este enfoque mordaz y divertido de sus experiencias
florentinas en esta primera entrega. Con un brillo de inquietud permanente
en sus ojos durante los talleres que atendió en el Núcleo Fotosensible desde
que se inició en esto de comenzar a traducir el mundo a través del visor de
una cámara, se expande ahora, después de presentar en su momento un
portafolio mixto desarrollado en nuestra institución, en una prestigiosa
escuela de fotografía ubicada en la cuna del Renacimiento. Desde hacía
tiempo eras fotógrafa, Costanza; ahora tienes que ser una fotógrafa
grande...

de grande, yo quiero ser fotógrafa 2da. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

 

El tema

Seleccionar un tema, una idea como punto de partida para un trabajo fotográfico nunca fue cosa fácil para mí. Dos cosas luchaban en mi contra para alcanzar este objetivo, en una especie de duelo Dr. Jeckyll – Mr. Hyde de proporciones apocalípticas:  en primer lugar y por absurdo que parezca, mi obcecada necesidad de proyectar mentalmente posibles resultados de mis ideas antes de siquiera haber tomado cámara en mano y salir al exterior. ¿Cómo? ¿Previsualización de la imagen? Evidentemente esta “modesta” pretensión, desafiaba cualquier premisa compositiva para entrar en la dimensión desconocida de la clarividencia trashumante…

En segundo lugar, y del lado opuesto de la balanza, el placer que encontraba en salir a fotografiar de modo errante por las calles, descubriendo pequeñas sorpresas, secretos regalos para los que deseaba estar dispuesta, sin mayor preparación que la voluntad de dejarme encontrar, por lo que establecer a priori un recorrido me resultaba un sinsentido. Vaya contradicción.

Así que, ante la obvia imposibilidad de concretar mis grandilocuentes ambiciones de obtener una perfecta imagen sin haber siquiera accionado el obturador de la máquina fotográfica, me decantaba por la idea del deambular por la ciudad fotografiando lo que la luz me ofreciera. El objeto del deseo podía ser el color o las formas, el encuentro de las líneas de las estructuras citadinas, la belleza de lo cotidiano -aparentemente olvidada por el resto de los transeúntes en su constante frenesí- y que se me antojaba como el dulce a un niño.

Y aunque mi esquizofrenia fotográfica había menguado al participar en el proyecto “El valle, una mirada a lo cotidiano”, lo cierto es que el tener que proponer un tema factible para desarrollar en el transcurso de las lecciones de mi curso en la Marangoni, hizo que pensara de forma práctica, llevándome a mirar más hacia adentro que hacia fuera.

Resolví –por obvio que pudiera parecer- que lo mejor que podía hacer era abordar temas cercanos, con los que lograra identificarme de forma inmediata, con los que no tuviera que luchar desde el principio. Simplemente brindándoles la oportunidad de fluir.

Así que busqué aproximarme a cada una de las asignaciones, desde la idea general de lo “conocido”, para partir hacia el descubrimiento del sujeto. En el primer año tratamos cinco temas importantes: textures, interiores, retratos, street photography y autorretrato. Cada uno con su dificultad, con su vuelta de tuercas, con su conchita de mango.

La primera “tarea”, la de las textures, estaba pensada para que comprendiéramos la cualidad de la luz sobre los objetos, y la posibilidad de abstraer del entorno un detalle para transformar lo tridimensional en bidimensional. Yo, hice mi propia versión del tema.

Desde mi llegada a Florencia había visto con secreto deseo la forma en la que los panes eran colocados en las panaderías: se me antojaban como obras de arte, exhibidas bajo esas luces de los aparadores diseñadas malévolamente para hacer irresistible la tentación del sagrado carbohidrato.

Mi propuesta fue la de presentar los panes como esculturas: en su levedad o en lo que encontraba como formas modernas, puse a posar a mis pasivos modelos. Vale decir que me gasté una pequeña fortuna en mi colección de amigos horneados… una fortuna en relación con mi presupuesto de estudiante, claro está. ¡Y con lo caro que está el pan en Italia! Al final resultó que, como era de esperarse, mi aproximación no era exactamente la que nos habían solicitado. Aunque mi profesora quedó encantada con la idea. Claro, críticas mediante: debí haber usado un sinfín más “profesional” y no la sábana blanca que coloqué como fondo. La verdad es que mi idea no me desagradaba: lo casero me parecía se ajustaba al tema que había seleccionado. Ella no compartió mi opinión, por supuesto.

Para la entrega de las fotografías de interiores, propuse el proyecto de las iglesias. Quería desarrollar un trabajo en el que además de abordar el espacio, pudiera transmitir la presencia humana, la íntima relación que entendía se establecía con la idea de lo sagrado. Tomar fotos dentro de los lugares de culto en Florencia, no es nada fácil. Con semejante patrimonio artístico, es apenas comprensible la prohibición del uso del flash… pero, ¿del trípode? Y en invierno, cuando la luz es más tenue y escasa –a las cinco de la tarde ya te alcanza la oscuridad del exterior- la cosa se pone particularmente cuesta arriba.

Los primeros días logré trabajar sin necesidad de permiso especial, y simplemente hablando con las personas encargadas de cuidar la iglesia logré salirme con la mía y poder usar el soporte para la cámara: si hay algo que se aprende en esto de la fotografía es a ganarse la buena voluntad de la gente, porque si no, se queda uno con las puras ganas de hacer fotos.

Pero como ninguna dicha es eterna, y mi presencia -entre turistas y feligreses- empezaba a incomodar, tuve que escribir una carta al prior de la Basílica de la Santísima Annunziata para que me concediera el permiso. Y de ñapa, recibí la bendición. Ésa es otra de las lecciones tácitas que se aprende como estudiante de fotografía: las fotos hay que ganárselas. 

Al final, quedé contenta con los resultados. Tanto, que aún continúo el trabajo dentro de las iglesias, lo que me asombra gratamente porque quizás con el tiempo, logre armar una serie interesante. Sin embargo, la mayor satisfacción es saber que se puede partir de cero y llegar a construir algo que apenas se intuía, y que con el tiempo se devela en sus propias formas, con su propia voz, delante de ti.

El tema del retrato y del autorretrato… ése, ése es tema aparte.

 

 

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 1ra. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

Hace poco más de diez días concluí las clases del I año del curso trienal de fotografía que inicié en noviembre del 2007, en la Fondazione Studio Marangoni en Florencia.
Y con la perspectiva del tiempo detrás de mí, resuelvo escribir esta especie de crónica en reversa de las experiencias de alguien que a sus 30 años, decide que cuando sea grande, quiere ser fotógrafo.
Así que este cuento parte desde donde lo hacemos todos los que estudiamos fotografía: desde el laboratorio. Ese lugar en el que el tiempo parece verificar su relatividad, cuando se descubre esa alegría perfecta de ver por primera vez la aparición de la imagen por la acción del revelador. El lugar en el que uno empieza a entender cómo manejar las variables de la luz cuando se está frente al visor de la cámara.

El laboratorio
Debo decir que cuando inicié mis clases en Florencia, tenía mucho tiempo sin hacer cámara oscura. Había cursado todos los niveles B y N con Rodrigo –luego los de color- e incluso un taller de revelado y copiado manual. Pero la falta de consecuencia y de práctica me dejaban, desde ese último taller hasta mi primera clase en la Marangoni, mentalmente como al principio. Supuse que esto tenía que ser, como todo aprendizaje, el típico ejemplo de la frasesita “es como montar bicicleta, nunca se olvida”.  Así que me dispuse a encaramarme en ella, consciente que me llevaría mis raspones, pero que aprendería mucho.
El primer shock: reencontrarme con la tarea de cargar mis negativos en los espirales del tanque revelador. En la escuela hay un pequeño cuartito –y quiero subrayar la palabra pequeño, pues no llega a los 2 m2 - en el que nos turnamos en grupos de a tres estudiantes –a veces de a cuatro, codo con codo, cuando estamos muy apurados- para cargarlos.
Y con otras tres personas a tu lado, el estar a oscuras tratando de abrir el carrete es una carrera de obstáculos: no quieres ser el último en terminar, dejando a tus compañeros esperando una eternidad por el único destapador que realmente funciona, y que le pediste prestado al de al lado cuando empezabas a resoplar por un conato de ataque de claustrofobia.
Cuando finalmente sales de la primer fase, procuras mantenerte con el pulso firme para cortar la lengüeta del negativo y empezar el recorrido que mide tu paciencia y poder mental: insertar la película en el espiral y rogar a Dios para que cuando estés en la mitad del proceso, no se te trabe la película y tengas que comenzar todo de nuevo.
Con los tanques todos cargados, llega la hora de revelar el negativo. Y aquí comienza parte del caos de compartir el laboratorio con otras diez personas, todas con maneras diferentes de abordar este proceso: está el poco apegado a los tiempos, el cronometrado, el más riguroso, el desordenado, el olvidadizo, el colaborador, el desentendido, y por supuesto el relajado, que tiene en su casa una cámara oscura y está acostumbrado a revelar (cochina envidia!).
Así que la diluición de los químicos, la agitación del revelador, el tiempo de fijado y lavado, e incluso la limpieza posterior del área de trabajo se convierte necesariamente en un espacio para ceder y pactar acuerdos tácitos, una especie de nivelación de caracteres y temperamentos para prevenir la transformación del laboratorio en una batalla campal.  
Todo para llegar al momento del copiado. Cada uno de nosotros escogió desde el primer día de clases, una ampliadora entre las 16 disponibles para poner manos a la obra. Tuve que habituarme a la mía, una Meopta que no deja el borde negro del fotograma y que tiene un portanegativos sin vidrio, que tiende a curvar la película por el calor, con la consecuente pérdida de foco de forma intermitente. Por lo menos no atrapa tanto polvo como las que sí tienen vidrio! Menudo fastidio el de tener que rehacer una copia por culpa de un infame pelo.
Eso sin ahondar mucho en el tema del formato y los marginadores para el papel: para no mutilar la imagen me las ingenio con pequeños truquitos para encuadrar todo el fotograma dentro. Está de más decir que el tirro es el mejor aliado para toda clase de manualidades y bricolaje dentro de este apartado.
Y por supuesto, el momento culminante de todo laboratorio, el revelado final de la copia, o lo que es lo mismo, una lección de malabarismo para no tropezar a tus compañeros mientras las bandejas con las pruebas entran y salen como pan caliente.
Cuando estás en la cámara oscura las horas se suceden, una tras otra, sin que lo adviertas.
Hay buenos y malos días de laboratorio: días en los que entiendes el negativo, y determinas la exposición y el contraste sin complicarte mucho, y días en los que llegas a casa sin haber hecho siquiera una copia decente.
El copiado en papel de fibra es tema aparte: comparados con los profesionales, nuestra manera de tratar el papel se acerca más a los modos de un neandertal que a los de un ser civilizado. Ya nos refinaremos con el tiempo. Espero.
Lo cierto es que he aprendido en estos meses. Esta idea, que en principio puede sonar muy tonta (se espera aprender en una escuela, ¿no?) se me reveló de manera práctica en la preparación de la muestra de fin de curso, para la que tuvimos que aplicar nuestras mejores mañas –las que un estudiante de I año puede tener, claro está- para presentar los proyectos.
Y yo, que decidí llevar las fotografías que había realizado con una pin-hole camera -copias realizadas a contacto con negativos de papel- me di cuenta que los temores del primer día dieron paso a la seguridad de saber que puedo sacar adelante el trabajo, por más difícil que parezca. Y entenderlo me da un alegría inmensa porque sé que apenas empiezo. Esto, apenas empieza.

 

 

 

BOLETÍN FOTOSENSIBLE nº 25, nov.-dic. 2008