Cumplido su sueño, o mejor dicho, justo en medio de su sueño, Costanza de
Rogatis nos ofrece este enfoque mordaz y divertido de sus experiencias
florentinas en estas entregas. Con un brillo de inquietud permanente
en sus ojos durante los talleres que atendió en el Núcleo Fotosensible desde
que se inició en esto de comenzar a traducir el mundo a través del visor de
una cámara, se expande ahora, después de presentar en su momento un
portafolio mixto desarrollado en nuestra institución, en una prestigiosa
escuela de fotografía ubicada en la cuna del Renacimiento. Desde hacía
tiempo eras fotógrafa, Costanza; ahora tienes que ser una fotógrafa
grande...

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 5ta. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

Abrir los ojos
Costanza De Rogatis

Con el tiempo que pasa, con los días que corren, la pregunta pareciera persistir. ¿Qué camino tomar, qué hacer con la fotografía? Durante estos casi dos años en Florencia, he debido enfrentarme como estudiante a asignaciones muy diversas –el retrato, el reportage, la naturaleza, la puesta en escena, la fotografía de teatro, el paisaje urbano- y he escuchado con atención lo que fotógrafos especializados en estas diversas vertientes fotográficas –invitados a nuestra escuela como ponentes de los diversos workshops a los que hemos asistido– han expuesto sobre sus trabajos, sobre las dificultades y las recompensas de ser fotógrafos. Seguramente muchos sacrificios, pero aun muchas más alegrías ha sido el saldo general de sus experiencias y anécdotas.

Y para cada una de esas asignaciones, he trabajado con tesón, buscando vencer mis propias limitaciones, mis propios miedos, sintiendo en ocasiones como me apropio poco a poco del lenguaje fotográfico, como quien murmulla una lengua ajena que conoce de toda una vida. Un lenguaje que en ocasiones me confunde, cambia su rostro y se me vuelve extraño, proponiéndome retos por resolver, esperándome del otro lado: y yo cruzo, atravieso la inexperiencia, la dificultad, porque el deseo de obtener la imagen, esa imagen, es demasiado grande como para rendirse en el intento.

En ese cruzar, en ese atravesar, ciertos temas –como el de la naturaleza o el del paisaje urbano– se me dieron con mayor facilidad, quizás por vincularse a intereses que de forma más o menos consciente podía transformar en imágenes: el color, las estructuras compositivas, los elementos plásticos. Algunos otros, como el del reportage, me enfrentaron a la necesidad de forjar una mentalidad perseverante, preparada a acometer la tarea planteada en un breve plazo de tiempo: no hay un después para obtener esa imagen que cuenta tu historia, el momento es ahora, todo, o nada.  Los menos vinculados a mi modo de pensar el mundo –la puesta en escena, sin dudas uno de los proyectos en los que encontré mayores dificultades– me mostraron la complejidad de hacer funcionar una imagen partiendo desde cero, la construcción de una realidad que nace en la ficción.

Estas experiencias –algunas de ellas más placenteras que otras, todas importantes– están planteadas en la estructura académica de modo que el estudiante pueda empezar a despejar el panorama, a la hora de elegir un camino por el cual decantarse en los derroteros fotográficos. Pero como en todo proceso de aprendizaje, las certezas son pocas y las dudas tantas. Especialmente cuando se tiene 32 años de edad y se ha decidido desde hace dos, que se deja trabajo, familia y país porque esto llamado fotografía es lo que se quiere hacer en la vida. Porque no se desea hablar en otro idioma que no sea el fotográfico. Porque se quiere pertenecer desde ahora –quizás ya desde antes– hasta siempre, a esa raza de ojos que se ciegan ante espejos que reflejaron por fracciones de segundo una imagen . Ésta es mi única certeza. No tengo más que esa respuesta. Y ahora, a semanas de iniciar mi último año como “estudiante” de fotografía, a semanas de partir con mi proyecto de grado, me siento ciega. Quizás, ése sea el único impulso realmente necesario para aprender: abrir los ojos.

 

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 4ta. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

Visita a Newport
Costanza De Rogatis

Durante el mes de marzo del 2009, un grupo de estudiantes de mi escuela tuvimos la oportunidad de realizar un intercambio académico de una semana, con estudiantes de fotografía de la Universidad de Newport, Gales: una actividad adelantada por ambos institutos desde hace ya un par de años, buscando confrontar el trabajo de los “aspirantes” a fotógrafos, intercambiando visiones para aprender de lo mejor que cada uno puede llegar a ofrecer.


La Escuela de Fotografía de la Universidad de Newport se caracteriza por su interés netamente documental, aunque siempre innovador, y puede vanagloriarse de contar entre las joyas de su corona a docentes de la talla de Anna Fox y Martin Parr. ¡Qué joyitas, diría yo! Mi escuela alienta la experimentación artística entendida como libertad para presentar proyectos de diverso tipo, que tengan sin embargo una estructura sólida, consecuente. La proyectualidad es fundamental.


El primer encuentro se llevó a cabo en Florencia: revisión de portafolios, cenas y fiestas entretuvieron a los de Gales durante los 4 ó 5 días que permanecieron en la ciudad. Cada uno de nosotros “adoptó” a un colega galés, ofreciéndole un lugar en nuestras humildes moradas en donde poder dormir y permanecer durante la estadía en Italia. Mis amigos italianos estaban orgullosos de poder mostrarles a los británicos algo de buena comida, bebida y diversión a la italiana. Italia 1, Gales 0 parecía resumir el marcador.


Los chicos, y no tan chicos, de Newport –siendo Robin, un escocés de 45 años el mayor del grupo– mostraron trabajos de corte marcadamente reporteril. El enfoque, sin embargo, en algunos casos era bastante innovador, pues la manera de abordar retratos y fotos de documentación se acercaban más al lenguaje del arte contemporáneo que al esquema de fotorreportaje que se acostumbra en revistas y publicaciones del género. Quedamos gratamente sorprendidos con la mayoría de los trabajos. Y a decir verdad, un poco ansiosos de lo que dirían de nuestros portafolios cuando llegara nuestro turno al bate.


Una semana luego del primer encuentro, estábamos poniendo pie en Gales. Apenas llegar a Newport nos acompañaron a la Universidad para mostrarnos las instalaciones de la Escuela de Fotografía. Decir que nuestras mandíbulas batieron el piso en incontables ocasiones es decir poco: cada paso de nuestra visita guiada era una mezcla irresistible entre deleite y envidia de las buenas.


Diversos laboratorios digitales, con computadoras e impresoras de última generación para que cada alumno pueda imprimir sus propias imágenes, una amplia biblioteca con interesantísimos volúmenes de variados fotógrafos –desde los más conceptuales hasta los netamente documentales– un estudio con luces y aparatos para grabaciones y sesiones fotográficas, una sala de préstamo de equipos (¡la envidia llegaba al culmen!!!) en donde cada alumno puede solicitar, con el requerido tiempo de antelación, el tipo de instrumental o cámara que necesite para un determinado proyecto –35 mm, medio y gran formato– aulas equipadas con proyectores y equipos digitales para la revisión de proyectos, y el laboratorio B y N y color, con unas 30 ampliadoras, estaciones separadas para revelar y fijar, ampliadoras automáticas para contactos, una máquina reveladora de negativos a color y la copiadora correspondiente. En mayúsculas y sin temor a equivocarme: un sueño. Luego de semejante tour, nuestra ansiedad había alcanzado el tope.


El día siguiente, presentamos nuestros trabajos. Debo decir que quedamos contentos con las revisiones de nuestros portafolios. Y no sólo porque realizaran comentarios favorables, sino porque supieron expresar puntualmente y con tacto incluso las críticas más delicadas, algo ciertamente nada fácil de lograr.


Mostrar el trabajo que se ha hecho a profesionales del área, es un ejercicio al que todo estudiante de fotografía debe someterse y es fundamentalmente una operación didáctica. El que ve desde afuera las fotografías no posee ningún apego emocional a las imágenes que el alumno o fotógrafo ha presentado, y por tanto, en la mayoría de los casos, puede determinar con precisión las carencias y virtudes de una foto que funciona y una que no, aunque las opiniones están siempre sujetas a la subjetividad de quien mira y por tanto, en resumidas cuentas, se debe siempre decidir qué tanto tomar en cuenta de un comentario. Es además un momento de confrontación con un pensamiento diverso al propio, un espacio de crecimiento, de aceptación, pero también de autocrítica. Duele ser señalado en las debilidades, pero ante los pequeños triunfos de las imágenes bien logradas nadie puede quitarte lo bailado. 


Nos sentimos satisfechos al notar que a pesar de las no tan exuberantes instalaciones y equipos con los que trabajamos en la Escuela, la machacada “proyectualidad” que intentan inculcarnos como modus operandi da sus frutos.


Luego de las actividades “oficiales”, que incluyeron paseos a Swansea y a las minas de Big Pit, nuestros anfitriones organizaron como despedida una Barbecue party. Buena música y personajes variopintos, todos estudiantes de fotografía –desde el chico que espontáneamente se convierte en un performer y termina bailando con fuego, hasta el infaltable excéntrico que se pasea con una Folding camera–  garantizaron la diversión. El marcador final sólo podía ser un empate: Italia 1 – Gales 1 (¡con un equipo Galés en gran forma!)


Al final de nuestro viaje sentíamos haber completado una experiencia que más allá de los buenos momentos, nos comprometía a seguir trabajando, a querer hacer más y mejor.  Supongo es la ganancia arada de toda travesía. Good night Wales, and good luck!

 

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 3ra. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

Te veo, de verdad te veo…
O  cómo no naufragar con un retrato.
Costanza De Rogatis

De una manera u otra, la fotografía de retratos se me hacía esquiva. Había llegado a la prematura conclusión que la retratística era un don natural con el que se nacía  –especie de clave secreta de seis dígitos vedada para los no iniciados– que determinaba, sin derecho a pataleo, esa raza casi aria de fotógrafos capaces de capturar la esencia de una persona. Y aunque me mantengo fiel a la creencia que se requiere de un talento especial para establecer el diálogo tácito entre fotógrafo y retratado que permite develar el aura inaprensible de una persona, el verme forzada a presentar un proyecto de retratos para mis clases, me hizo darme cuenta que si bien no todos podemos ser los hijos perdidos de Brandt, Penn, Avedon, Arbus, Mapplethorpe y compañía –¡vaya pretensión!– al menos se puede cruzar la frontera de la total y absoluta negación de la imagen del otro, hacia la aceptable representación de la figura humana.

Conociendo mis dificultades a la hora de aproximarme al tema, decidí delimitar mis variables para hacerme las cosas algo más llevaderas, incluyendo sin embargo un giro de tuercas que me mantuviera interesada y me permitiera aprender del proceso. Sabía que sin proponerme un reto para salir de mi zona de confort, no llegaría a buen puerto, así que determiné que mi punto de partida sería el hacer retratos de personas desconocidas que encontrara por las calles y a quienes les pediría dejarse mirar por unos instantes por mi cámara.

Con semejante ansiedad, pensé que de seguro la mejor idea era decantarse por individuos con los que de un modo u otro encontrara alguna clase de afinidad, y aunque lo menos que deseaba era un proyecto cliché de géneros –la versión fotográfica de la “Batalla de los Sexos” de Súper Sábado Sensacional reloaded­ (sin Viviana Gibelli y Daniel Sarcos, por Dios!)– sentí que la solidaridad femenina me sería de mayor utilidad a la hora de dar instrucciones al retratado, que el siempre halagador pero algo estresante flirteo galante de los italianos.  Así pues, inicié a tomar fotos de las mujeres –niñas, jóvenes, adultas, ancianas– que encontraba casualmente por las calles de Florencia. Extrañamente, y contrario a lo que esperaba, accedían con relativa facilidad a mi petición de ser fotografiadas. Quizás también ellas esperaban encontrar en mí al menos una vaga correspondencia, confiando en que las vería amablemente, tal como eran. El retrato es, después de todo, un acto de confianza de ida por vuelta.

Revisando los primeros contactos, encontraba mis imágenes irrelevantes, casi mudas, una mezcla poco atractiva entre foto carnet y manchas de tinta del test psicológico de Rorschach. Pero si hay algo que he llegado a aprender durante este período de estudiante, es que la fotografía requiere trabajo. No es cuestión de hacer fotos perfectas al primer intento tan sólo con presionar el obturador de la cámara: esa idea mitificada de un hecho fortuito le puede ocurrir a cualquiera al menos una vez en su vida, casi sin proponérselo.  Ser fotógrafo, al menos intentarlo, es comprender las variables intrínsecas al lenguaje fotográfico y trabajar con ellas hasta construir palabras que son imágenes. Los resultados pueden ser más o menos satisfactorios, más o menos brillantes, pero en ellos debe verificarse la coherencia estructural de las fotografías, la voluntad del que las ha capturado.

El retratar a otras personas, el contraponerme, el dialogar con ellas me hacía preguntarme a mí misma qué me impedía verlas en su totalidad, captarlas al menos cercanas a lo que de forma inmediata, a ojo desnudo, revelaban.
Descubrí que de forma inconsciente, y poco más o menos desde la primera vez que tomé una cámara fotográfica en mano, había determinado que la belleza de las personas estaba descontada, que era tan evidente –casi tan redundante– que mi “compromiso” era descubrir en la naturaleza, en la ciudad, los detalles cotidianos que se revelaban hermosos, perfectos, ocurriendo milagrosamente cada instante, olvidados por todos. Comprender este mecanismo de rechazo que había establecido como modus operandi me sacudió tremendamente, pues durante mucho tiempo había estado interponiendo un muro invisible entre mi percepción y las personas que me rodeaban, convirtiéndome en una miope de corta distancia.

Con esta auto revelación, mi modo de afrontar los retratos cambió necesariamente. Y con ello no pretendo erigirme como la apoteósica Niké alada de la retratística de mi Escuela –pues mis fotografías de retratos están más bien dentro de los márgenes estándares de las imágenes adecuadamente ejecutadas– pero considero que he conquistado el temor de enfrentarme al otro para encontrarlo, para encontrarme, en ese territorio de mediación que es la fotografía. Y conquistar el temor es siempre el primer paso para llevarse a casa, al menos en el ámbito de las victorias personales de cada día, la ansiada corona de laureles.

 

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 2da. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

 

El tema

Seleccionar un tema, una idea como punto de partida para un trabajo fotográfico nunca fue cosa fácil para mí. Dos cosas luchaban en mi contra para alcanzar este objetivo, en una especie de duelo Dr. Jeckyll – Mr. Hyde de proporciones apocalípticas:  en primer lugar y por absurdo que parezca, mi obcecada necesidad de proyectar mentalmente posibles resultados de mis ideas antes de siquiera haber tomado cámara en mano y salir al exterior. ¿Cómo? ¿Previsualización de la imagen? Evidentemente esta “modesta” pretensión, desafiaba cualquier premisa compositiva para entrar en la dimensión desconocida de la clarividencia trashumante…

En segundo lugar, y del lado opuesto de la balanza, el placer que encontraba en salir a fotografiar de modo errante por las calles, descubriendo pequeñas sorpresas, secretos regalos para los que deseaba estar dispuesta, sin mayor preparación que la voluntad de dejarme encontrar, por lo que establecer a priori un recorrido me resultaba un sinsentido. Vaya contradicción.

Así que, ante la obvia imposibilidad de concretar mis grandilocuentes ambiciones de obtener una perfecta imagen sin haber siquiera accionado el obturador de la máquina fotográfica, me decantaba por la idea del deambular por la ciudad fotografiando lo que la luz me ofreciera. El objeto del deseo podía ser el color o las formas, el encuentro de las líneas de las estructuras citadinas, la belleza de lo cotidiano -aparentemente olvidada por el resto de los transeúntes en su constante frenesí- y que se me antojaba como el dulce a un niño.

Y aunque mi esquizofrenia fotográfica había menguado al participar en el proyecto “El valle, una mirada a lo cotidiano”, lo cierto es que el tener que proponer un tema factible para desarrollar en el transcurso de las lecciones de mi curso en la Marangoni, hizo que pensara de forma práctica, llevándome a mirar más hacia adentro que hacia fuera.

Resolví –por obvio que pudiera parecer- que lo mejor que podía hacer era abordar temas cercanos, con los que lograra identificarme de forma inmediata, con los que no tuviera que luchar desde el principio. Simplemente brindándoles la oportunidad de fluir.

Así que busqué aproximarme a cada una de las asignaciones, desde la idea general de lo “conocido”, para partir hacia el descubrimiento del sujeto. En el primer año tratamos cinco temas importantes: textures, interiores, retratos, street photography y autorretrato. Cada uno con su dificultad, con su vuelta de tuercas, con su conchita de mango.

La primera “tarea”, la de las textures, estaba pensada para que comprendiéramos la cualidad de la luz sobre los objetos, y la posibilidad de abstraer del entorno un detalle para transformar lo tridimensional en bidimensional. Yo, hice mi propia versión del tema.

Desde mi llegada a Florencia había visto con secreto deseo la forma en la que los panes eran colocados en las panaderías: se me antojaban como obras de arte, exhibidas bajo esas luces de los aparadores diseñadas malévolamente para hacer irresistible la tentación del sagrado carbohidrato.

Mi propuesta fue la de presentar los panes como esculturas: en su levedad o en lo que encontraba como formas modernas, puse a posar a mis pasivos modelos. Vale decir que me gasté una pequeña fortuna en mi colección de amigos horneados… una fortuna en relación con mi presupuesto de estudiante, claro está. ¡Y con lo caro que está el pan en Italia! Al final resultó que, como era de esperarse, mi aproximación no era exactamente la que nos habían solicitado. Aunque mi profesora quedó encantada con la idea. Claro, críticas mediante: debí haber usado un sinfín más “profesional” y no la sábana blanca que coloqué como fondo. La verdad es que mi idea no me desagradaba: lo casero me parecía se ajustaba al tema que había seleccionado. Ella no compartió mi opinión, por supuesto.

Para la entrega de las fotografías de interiores, propuse el proyecto de las iglesias. Quería desarrollar un trabajo en el que además de abordar el espacio, pudiera transmitir la presencia humana, la íntima relación que entendía se establecía con la idea de lo sagrado. Tomar fotos dentro de los lugares de culto en Florencia, no es nada fácil. Con semejante patrimonio artístico, es apenas comprensible la prohibición del uso del flash… pero, ¿del trípode? Y en invierno, cuando la luz es más tenue y escasa –a las cinco de la tarde ya te alcanza la oscuridad del exterior- la cosa se pone particularmente cuesta arriba.

Los primeros días logré trabajar sin necesidad de permiso especial, y simplemente hablando con las personas encargadas de cuidar la iglesia logré salirme con la mía y poder usar el soporte para la cámara: si hay algo que se aprende en esto de la fotografía es a ganarse la buena voluntad de la gente, porque si no, se queda uno con las puras ganas de hacer fotos.

Pero como ninguna dicha es eterna, y mi presencia -entre turistas y feligreses- empezaba a incomodar, tuve que escribir una carta al prior de la Basílica de la Santísima Annunziata para que me concediera el permiso. Y de ñapa, recibí la bendición. Ésa es otra de las lecciones tácitas que se aprende como estudiante de fotografía: las fotos hay que ganárselas. 

Al final, quedé contenta con los resultados. Tanto, que aún continúo el trabajo dentro de las iglesias, lo que me asombra gratamente porque quizás con el tiempo, logre armar una serie interesante. Sin embargo, la mayor satisfacción es saber que se puede partir de cero y llegar a construir algo que apenas se intuía, y que con el tiempo se devela en sus propias formas, con su propia voz, delante de ti.

El tema del retrato y del autorretrato… ése, ése es tema aparte.

 

 

 

de grande, yo quiero ser fotógrafa 1ra. entrega
Crónicas de una estudiante de fotografía en Italia

Hace poco más de diez días concluí las clases del I año del curso trienal de fotografía que inicié en noviembre del 2007, en la Fondazione Studio Marangoni en Florencia.
Y con la perspectiva del tiempo detrás de mí, resuelvo escribir esta especie de crónica en reversa de las experiencias de alguien que a sus 30 años, decide que cuando sea grande, quiere ser fotógrafo.
Así que este cuento parte desde donde lo hacemos todos los que estudiamos fotografía: desde el laboratorio. Ese lugar en el que el tiempo parece verificar su relatividad, cuando se descubre esa alegría perfecta de ver por primera vez la aparición de la imagen por la acción del revelador. El lugar en el que uno empieza a entender cómo manejar las variables de la luz cuando se está frente al visor de la cámara.

El laboratorio
Debo decir que cuando inicié mis clases en Florencia, tenía mucho tiempo sin hacer cámara oscura. Había cursado todos los niveles B y N con Rodrigo –luego los de color- e incluso un taller de revelado y copiado manual. Pero la falta de consecuencia y de práctica me dejaban, desde ese último taller hasta mi primera clase en la Marangoni, mentalmente como al principio. Supuse que esto tenía que ser, como todo aprendizaje, el típico ejemplo de la frasesita “es como montar bicicleta, nunca se olvida”.  Así que me dispuse a encaramarme en ella, consciente que me llevaría mis raspones, pero que aprendería mucho.
El primer shock: reencontrarme con la tarea de cargar mis negativos en los espirales del tanque revelador. En la escuela hay un pequeño cuartito –y quiero subrayar la palabra pequeño, pues no llega a los 2 m2 - en el que nos turnamos en grupos de a tres estudiantes –a veces de a cuatro, codo con codo, cuando estamos muy apurados- para cargarlos.
Y con otras tres personas a tu lado, el estar a oscuras tratando de abrir el carrete es una carrera de obstáculos: no quieres ser el último en terminar, dejando a tus compañeros esperando una eternidad por el único destapador que realmente funciona, y que le pediste prestado al de al lado cuando empezabas a resoplar por un conato de ataque de claustrofobia.
Cuando finalmente sales de la primer fase, procuras mantenerte con el pulso firme para cortar la lengüeta del negativo y empezar el recorrido que mide tu paciencia y poder mental: insertar la película en el espiral y rogar a Dios para que cuando estés en la mitad del proceso, no se te trabe la película y tengas que comenzar todo de nuevo.
Con los tanques todos cargados, llega la hora de revelar el negativo. Y aquí comienza parte del caos de compartir el laboratorio con otras diez personas, todas con maneras diferentes de abordar este proceso: está el poco apegado a los tiempos, el cronometrado, el más riguroso, el desordenado, el olvidadizo, el colaborador, el desentendido, y por supuesto el relajado, que tiene en su casa una cámara oscura y está acostumbrado a revelar (cochina envidia!).
Así que la diluición de los químicos, la agitación del revelador, el tiempo de fijado y lavado, e incluso la limpieza posterior del área de trabajo se convierte necesariamente en un espacio para ceder y pactar acuerdos tácitos, una especie de nivelación de caracteres y temperamentos para prevenir la transformación del laboratorio en una batalla campal.  
Todo para llegar al momento del copiado. Cada uno de nosotros escogió desde el primer día de clases, una ampliadora entre las 16 disponibles para poner manos a la obra. Tuve que habituarme a la mía, una Meopta que no deja el borde negro del fotograma y que tiene un portanegativos sin vidrio, que tiende a curvar la película por el calor, con la consecuente pérdida de foco de forma intermitente. Por lo menos no atrapa tanto polvo como las que sí tienen vidrio! Menudo fastidio el de tener que rehacer una copia por culpa de un infame pelo.
Eso sin ahondar mucho en el tema del formato y los marginadores para el papel: para no mutilar la imagen me las ingenio con pequeños truquitos para encuadrar todo el fotograma dentro. Está de más decir que el tirro es el mejor aliado para toda clase de manualidades y bricolaje dentro de este apartado.
Y por supuesto, el momento culminante de todo laboratorio, el revelado final de la copia, o lo que es lo mismo, una lección de malabarismo para no tropezar a tus compañeros mientras las bandejas con las pruebas entran y salen como pan caliente.
Cuando estás en la cámara oscura las horas se suceden, una tras otra, sin que lo adviertas.
Hay buenos y malos días de laboratorio: días en los que entiendes el negativo, y determinas la exposición y el contraste sin complicarte mucho, y días en los que llegas a casa sin haber hecho siquiera una copia decente.
El copiado en papel de fibra es tema aparte: comparados con los profesionales, nuestra manera de tratar el papel se acerca más a los modos de un neandertal que a los de un ser civilizado. Ya nos refinaremos con el tiempo. Espero.
Lo cierto es que he aprendido en estos meses. Esta idea, que en principio puede sonar muy tonta (se espera aprender en una escuela, ¿no?) se me reveló de manera práctica en la preparación de la muestra de fin de curso, para la que tuvimos que aplicar nuestras mejores mañas –las que un estudiante de I año puede tener, claro está- para presentar los proyectos.
Y yo, que decidí llevar las fotografías que había realizado con una pin-hole camera -copias realizadas a contacto con negativos de papel- me di cuenta que los temores del primer día dieron paso a la seguridad de saber que puedo sacar adelante el trabajo, por más difícil que parezca. Y entenderlo me da un alegría inmensa porque sé que apenas empiezo. Esto, apenas empieza.